Emociones incómodas de la vida viajera (o la imagen más dura)

Quería escribir un artículo para presentar un ciclo de Transmisiones en VIVO que me tiene muy entusiasmada. Este ciclo se va a llamar “EMOCIONES INCÓMODAS: las innombrables de la vida viajera” y va a darle un lugar especial a esas emociones que tanto nos cuestan a la hora de salir a viajar. (Y como esta es la presentación oficial, al final del artículo podés suscribirte para que te llegue el calendario, los links directos a las transmisiones y todo el material extra que estoy preparando)

En fin, volviendo al eje de la cuestión: hace varios días que venía dando vueltas sobre esto de “las emociones y los viajes”, sobre lo necesario que es hablar de las partes incómodas, de nombrar las innombrables; quería presentarlo más allá del anuncio, del aviso de las transmisiones de los martes. Y aunque es un tema sobre el que tengo mil ideas, me estaba costando encontrar palabras para escribir: me quedaba como “frío”, sentía que hablaba de emociones pero en realidad no conectaba con ellas.

Hasta que hoy me dí cuenta de que, si quería hablar de emociones incómodas, no podía hacerlo desde la comodidad de la teoría ni desde la satisfacción de la situación ya resuelta.

Así que acá estoy, compartiendo una foto que cada vez que la veo me hace un nudo en la garganta. Así de naiff como se ve, esta es la imagen más dura que me tocó ver (aunque suene raro, creeme que esa una foto de un grupo de gente casi-sonriendo tiene más emociones que Titanic).

Esta es la foto de la despedida, la primera vez que le decía chau por tiempo indefinido a casi todas las personas que más quiero en esta vida (además del personaje que me acompañaba en la travesía, allí están concentrados mis seres más queridos, mi familia más cercana, “mi gente”, la más importante).

Era Abril, y venía de un verano demasiado intenso. En esos meses, en mi entorno familiar había pasado de todo: desde una muerte a un divorcio, con operaciones, ciudadanías, comas diabéticos y paros nacionales incluídos.

De solo empezar a escribir esto se me hace un nudo la garganta y se me contractura la espalda. Esa vez me iba… y no me iba obligada, elegía irme y decirles chau. Ellos me acompañaban, me apoyaban y así y todo ya se me salen las lágrimas de recordar la cara de mis hermanitos que no sabían si llorar, reirse o enojarse.

Este, el “salto”, es el momento más deseado de personas como vos y yo, que amamos esta vida y nos proyectamos viajando, y a la vez es nuestra escena más temida. El miedo, la tristeza, la euforia, la culpa…. Todo junto, un exceso de emociones al que llegamos por una decisión tomada en algún momento y “trabajada” durante tantos otros (meses de ahorros y preparativos).

Si vamos a hablar de emociones incómodas, vamos a hablar de esto: la familia, los niños, las mascotas, los sueños, los “debería”, las carreras…

lo que “dejamos en el camino” para recorrer el mundo…

lo que nos vamos a perder para “salir a encontrarnos”…

Si vamos a hablar de emociones, quiero que sea en serio, quiero que sea anclado. Porque más allá de nombrarlas, conocerlas y reconocernos; también podemos dedicarnos a aprender, a intercambiar, a trabajar para que no nos paralicen ni nos queden tan pesadas.

Si vamos a trabajar con emociones, aunque de la incomodidad partimos, vamos a laburar para desarrollar esos recursos que nos permiten viajar: sin tener que desangrarnos para animarnos ni endurecernos para sobrevivir en ese camino.

Valentina

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