darse la oportunidad, de (al menos) intentarlo

Silvana sueña con viajar, siempre soñó con salir a conocer el mundo.

Hace un par de años que viene proyectando un gran viaje sin fecha de regreso. Y siente que va llegando el momento (para ser honestas, en realidad cree que se le está pasando).

Ojo, Silvana está muy contenta con su vida tal como es: estudió lo que quiso, tiene un trabajo que le gusta y está rodeada de gente que la quiere. Una podría decir que es una joven adulta bastante feliz y que si ella quiere, podría tener su futuro relativamente resuelto .

Y así y todo, ella quiere salir. Sabe que si se queda, el camino está relativamente claro, que puede seguir avanzando y eso es bastante seguro. Pero también sabe que quiere darse la oportunidad de tener la experiencia de probar una vida diferente, de conocer lugares nuevos y ver cómo es ella en otros ambientes.

Silvana se duerme soñando con paisajes, mercados exóticos y gentes diversas. Le encanta leer blogs de viajes, y su instagram es una seguidilla de fotos espectaculares de viajeros por el mundo. Y así y todo, todavía no se ha animado a salir.

Lee frases motivacionales preciosas la inspiran. Lee artículos de gente que se animó, y realmente quisiera dar el paso. Ve esas fotos increíbles, y no se explica por qué todavía no es ella la que las está sacando.

Es que, aunque esos blogs le dicen clarito que hay que “animarse”, ella necesita algo más y no lo está encontrando. Y aunque se inspira siguiendo a otros viajeros, siente que ella es diferente, que no podría hacer lo que ellos hacen. Duda de que ese sueño sea solo una fantasía y tiene miedo de comprobar que nunca va a concretarse.

Hay una soledad que la abruma: no tiene a nadie que la entienda en sus ganas y sus desafíos.

Por un lado, están aquellos amigos y familiares que le dicen que para qué arriesgar todo lo bueno que ya consiguió por un viaje sin certezas, que le preguntan -con inocente preocupación- si es que quiere huir de algo, que le aseguran que es un capricho y que se le va a pasar en algún tiempo.

Y por otro lado , están todos aquellos que le aseguran que irse es lo mejor que puede hacer, que cuando les cuenta de sus sueños le dicen que a ellos les hubiese encantado hacer lo mismo, que lo haga ahora que todavía no tiene hijos, que aproveche y cumpla el sueño colectivo.

Y aunque parecería que los primeros tiran para atrás, y los segundos para adelante: ninguno de los dos grupos le ofrece la contención que ella quisiera. No por falta de intención (ya te conté que Silvana está rodeada de gente que la quiere bien, que la quiere feliz) sino más bien por falta de recursos: no saben cómo es este “dejarlo todo”, y aunque se puedan identificar con el sueño, ninguno lo ha intentado en serio y por eso no comprenden todo lo que hay en juego.

Tiene miedo: de no poder, de “fracasar”, de que no le alcance la plata (ni la valentía). Le da culpa: dejar la vida tan bonita que ya tiene para probar algo totalmente desconocido, irse lejos de su familia, dejar a su perra que adora, dejar de visitar a sus sobrinos. Le da pavor animarse y tener que volver al poco tiempo, darse cuenta que no era lo suyo, sentirse incapaz.

Y así, entre idas y venidas, van pasando los meses (y hasta los años) y ella no está pudiendo salir. Sigue soñando despierta con el momento de armar el bolso, sigue emocionándose con lugares nuevos, sigue con más ganas que nunca. Y el tiempo pasa: Silvana sabe lo que quiere, pero no está encontrando la manera de organizarse para hacer que suceda.

Y mientras más pasan los días, más le cuesta imaginarse haciéndolo y más fantasea con un viaje interminable y radical. Lo que pasa, es que Silvana probablemente ha escuchado solo historias de gente que “lo dejó todo” para lanzarse a la aventura, y por supuesto eso la asusta más de lo que la anima. Ella todavía no sabe que hay maneras de irse que no son tan drásticas ni solitarias. Desconoce que no hay maneras correctas de ser viajera, y que si ella encuentra su propia manera va a ser mucho más sencillo lanzarse.

Y aunque el tiempo parece escurrirse, en realidad ella sabe que la única manera de que eso deje de suceder es tomar la decisión de darse una oportunidad y ( al menos) intentarlo.

Sin pretensiones, sin intentar ser la viajera más audaz, ni tener las mejores fotos, ni probarle nada a nadie (más que ella misma). Probar, explorar, animarse. Y ya no a “dejarlo todo” sino a encontrar la manera de viajar que le permita hacerlo con la tranquilidad de quien decide con ganas y sin apuros; de quien no tiene que demostrar nada ni ser mejor que otros. De quien tiene un sueño y toma la decisión deliberada de darse la oportunidad de seguirlo para ver a dónde la lleva.

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